La gran estafa del Grupo B: Cómo Lancia utilizó 300 toneladas de sal y una mentira para robarle el mundial a Audi
Si hay una temporada que define la locura, el peligro y la genialidad del automovilismo de los años 80, esa es la del Campeonato del Mundo de Rallyes de 1983. Fue el año en que la lógica dictaba que la tecnología alemana aplastaría el romanticismo italiano, pero la historia tenía otros planes. Por un lado estaba Audi, respaldada por el gigante Volkswagen, con un presupuesto ilimitado y el Audi Quattro: una bestia de tracción total que había reescrito las leyes de la física sobre nieve y tierra. Por el otro estaba Lancia, con un presupuesto ajustado y el 037: un coche precioso, ligero, pero de tracción trasera, conceptualmente obsoleto para las nuevas superficies deslizantes.
Lo que Audi no tenía en su hoja de cálculo era el factor humano. O más concretamente, el factor Cesare Fiorio. El director deportivo de Lancia sabía que no podía ganar a los alemanes en una lucha justa de ingeniería, así que decidió llevar la competición al terreno de la picaresca, la estrategia militar y la interpretación creativa del reglamento.
La trampa de Montecarlo: Cambiando el clima a voluntad
El Rally de Montecarlo abre tradicionalmente la temporada en enero. Las carreteras de los Alpes franceses suelen estar cubiertas de hielo y nieve, el hábitat natural del sistema de tracción total Quattro. En esas condiciones, un coche de tracción trasera como el Lancia 037 es casi inconducible a ritmo de carrera. Fiorio sabía que perderían minutos por tramo si las condiciones eran invernales.
La solución de Lancia fue digna de una novela de espías. El equipo italiano compró discretamente toda la sal disponible en los almacenes municipales de la región. Mientras los equipos rivales dormían y los ingenieros de Audi montaban neumáticos de clavos en sus coches, una flota de camiones y furgonetas de Lancia recorrió los tramos cronometrados clave durante la noche esparciendo toneladas de sal sobre las curvas heladas.
Cuando salió el sol y comenzó la carrera, el hielo se había convertido en agua y asfalto seco. Fue una masacre estratégica. Los Audi Quattro, pesados y calzados con neumáticos de clavos que se deshacían sobre el asfalto abrasivo, no pudieron hacer nada. Los Lancia 037, ligeros, ágiles y con neumáticos slick de competición, volaron hacia un doblete histórico con Walter Röhrl y Markku Alén. Audi protestó, pero no había ninguna norma que prohibiera limpiar la carretera.
El truco de la homologación fantasma
Pero la astucia de Fiorio había comenzado mucho antes de llegar a los tramos. Para competir en el Grupo B, la Federación Internacional del Automóvil (FIA) exigía que el fabricante construyera al menos 200 unidades de calle del modelo de carreras. Era una forma de asegurar que los coches eran derivados de serie y no prototipos puros. El problema era que Lancia no tenía capacidad, ni dinero, ni tiempo para fabricar 200 coches 037 Stradale antes de la fecha límite. Apenas tenían unos 100 chasis terminados.
Cuando los inspectores de la FIA llegaron a Turín para contar los coches, Fiorio desplegó su teatro. Llevó a los comisarios a un aparcamiento donde había alineado todos los coches que tenían. Los inspectores contaron y anotaron: Cien unidades. Luego, Fiorio les dijo que el resto de la flota estaba en otro almacén al otro lado de la ciudad, y les invitó a un almuerzo largo y copioso con el mejor vino del Piamonte.
Mientras los comisarios disfrutaban de la hospitalidad italiana, los mecánicos de Lancia cargaron esos mismos cien coches en camiones, los llevaron al segundo almacén a toda velocidad y los aparcaron en un orden diferente. Tras los postres y el café, los inspectores llegaron al segundo lugar, contaron de nuevo los mismos coches (algunos dicen que todavía con el motor caliente) y firmaron la homologación. El Lancia 037 era legal, aunque la mitad de su producción fuera un espejismo.
La jaula antivuelco de cartón piedra
La obsesión por el peso era tal que Lancia rozaba la imprudencia. El 037 era básicamente un chasis tubular vestido con paneles de kevlar y fibra de vidrio tan finos que se rompían si te apoyabas en ellos. Durante las verificaciones técnicas de una carrera, los comisarios sospecharon que el coche de Lancia estaba por debajo del peso mínimo permitido y amenazaron con descalificarlo.
Fiorio, rápido de mente, señaló que al coche le faltaba la jaula antivuelco interior y otros elementos de seguridad que se montarían antes de la salida. Prometió instalarla y volver a pesar el coche. Lo que hicieron los mecánicos fue instalar una jaula falsa, pintada para parecer acero pero hecha de materiales mucho más ligeros (dicen las malas lenguas que eran de cartón prensado o aluminio muy fino), y lastrar el coche en puntos ocultos para pasar el peso exacto. Una vez pasada la verificación, retiraban el lastre y salían a correr con un coche ilegalmente ligero.
El resultado final de esta guerra de guerrillas fue que Lancia ganó el Campeonato de Constructores de 1983. Fue la última vez en la historia que un coche de dos ruedas motrices venció a la tracción total. Una victoria del ingenio humano sobre la superioridad tecnológica alemana.
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