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VÍDEO| Prueba del Opel Mokka GS Line Plus 1.2 T 130 CV AT: metamorfosis

La segunda generación del Opel Mokka pasa por nuestras manos para ser analizada en profundidad. Muchos son los cambios de un modelo que propone un cambio radical.

Un Mokka, además de ser una delicioso brebaje, ha terminado por convertirse en uno de los modelos más importantes de Opel en los últimos años. Aparecido en 2012, en estos 9 años se han conseguido vender más de 1 millón de unidades solo en Europa, lo que le ha convertido lógicamente en un pilar fundamental para la firma del rayo.

Pero ahora, para esta segunda generación el todocamino alemán ha dado un giro importantísimo. Y no me refiero a la pérdida del apellido X o al hecho de sea el segundo modelo de la alianza con PSA (compartiendo base con los Peugeot 2008, DS3 Crossback o Citroën C4), sino a otros muchos secretos que esconde.

Reduce su tamaño

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Lo primero que llama la atención de este nuevo Mokka es su apariencia exterior. Pero antes de entrar en dicho apartado creo que es evidente que se trata de un modelo bastante más corto que el anterior. En concreto hablamos de 12,5 cm menos para dejar su cota de longitud en 4,15 metros y enclavarse directamente en el núcleo del segmento B, por lo que sus rivales más directos han dejado de ser el Ateca, Qashqai o Tucson para pasar a ser los Arona, Juke o Kona, entre otros.

Su diseño entra por los ojos siendo además el encargado de estrenar el nuevo lenguaje de Opel, en el que predomina la robustez. Su principal atributo, un frontal determinado por este Opel Vizor, una moldura en negro que traslada la rejilla a una zona inferior y que conecta con los pilotos delanteros (de LED de serie y LED Matriciales en opción) creando una cara única en la que también hay lugar para el nuevo logo de la marca.

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En función del acabado, a escoger entre los Edition, Business, GS Line y Ultimate, las molduras exteriores, el techo y las llantas cambian de forma. Nosotros montamos el GS Line Plus, el más deportivo equipando múltiples detalles en negro y rojo así como unas llantas de aleación de 18 pulgadas tricolor.

Otro aspecto destacado, la forma de su zaga. Ancha a la par que elegante en la que se ha colocado el nombre del modelo justo en la mitad del mismo, aumentando la sensación de robustez.

Era digital

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El puesto de conducción también propone un cambio radical respecto al anterior Mokka. Mantiene la elevada calidad percibida aunque hay algunos detalles mejorables, como el uso de plásticos duros en los paneles de las puertas o el negro piano para algunas superficies. Como estamos en la versión deportiva, tenemos asientos de corte deportivo con tapicería exclusiva en tela y cuero, pedales en aluminio y molduras en rojo.

Pero lo más destacado es la digitalización del mismo porque el puesto de conducción está presidido por el denominado Opel Pure Panel que, como ves, está formado por dos pantallas ubicadas bajo un mismo marco (al estilo de los Mercedes) aportándole un toque moderno y más vistoso.

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De serie ambas pantallas son de 7”. Por 1.000 € se pueden sumar más funciones de conectividad mientras que por 1.200 € se puede optar por nuestra configuración, que combina un cuadro de 12” y un monitor de 10” con navegación y las mismas funciones de conectividad que el anterior.

El manejo de la central es bastante rápido e intuitivo en el que además, a diferencia de otros modelos del Grupo Stellantis con quienes comparte plataforma como el Peugeot 2008 o el Citroën C4 la climatización se ha separado y se maneja mediante unos comandos físicos. En cuanto al cuadro, es claro y sencillo de manejar pero la transición entre menús podría ser mucho más rápida.

Bien aprovechado

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Si nos vamos al espacio disponible, pese a perder tanta longitud, mantiene la misma batalla, lo que redunda en un espacio trasero bastante cómodo para un adulto de mi estatura con el asiento del conductor colocado para mi. La anchura es buena y la altura es óptima para personas hasta de 1,85 m. Y aunque carecemos de tomas de aire sí contamos con dos USB de tipo C para cargar nuestros dispositivos.

En cuanto al maletero, los 350 litros le sitúan en los puestos de cabeza de su categoría perdiendo además únicamente 6 litros respecto a su predecesor. Tiene unas formas regulares y cuenta con un doble fondo bastante práctico para colocar los enseres de menor tamaño o más valiosos si así lo deseamos.

Gana en agilidad

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Dentro de la amplia gama mecánica de la que dispone, con motores de gasolina, diésel e incluso una versión 100% eléctrica, el acabado GS Line Plus solo puede asociarse con el motor más potente de los de combustión.

Os hablo del archiconocido 1.2 Turbo de tres cilindros del grupo PSA (ahora Stellantis) que se únicamente se acopla a la caja de cambios EAT8 de ocho relaciones. Pero antes de entrar en su respuesta y prestaciones, dejadme que os diga una cosa, la plataforma CMP sobre la que se sostiene ha sido una bendición en términos dinámicos ya que le ha permitido reducir el peso en 120 kilos y aumentar la agilidad y el aplomo.

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Se le siente un coche más estable, con una mejor pisada y con un tacto de dirección más preciso. Ahora bien, en el lado negativo, el Mokka pierde la tracción total de su predecesor, uno de los puntos diferenciadores que poseía. De hecho, este Mokka ni siquiera monta un sistema de motricidad avanzado como sí tiene su hermano el Crossland, por lo que su versatilidad fuera de la carretera se ve disminuida. Pero es en lo negro donde se comporta bastante bien. Además, contamos con un selector de modos de conducción que nos permite elegir entre tres programas: Eco, Normal y Sport, modificando los parámetros del coche en función de la menor o mayor demanda.

En cuanto al motor, poco que añadir de un bloque muy progresivo, que suena exquisitamente y en donde los 130 CV y los 230 Nm de par cunden de sobra. Tanto que acelera de 0 a 100 km/h en 9,2 segundos y alcanza los 200 km/h de punta.

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Pero donde de verdad me ha sorprendido es en el gasto. Con esa reducción de peso unido a un Coeficiente aerodinámico mejorado, de 0,32, este Mokka ha consumido únicamente 6 l/100 km en conducción cotidiana, mientras que en el modo más deportivo le deberemos sumar un litro.

En conclusión

En definitiva, Opel ha dado en el clavo con el cambio radical no solo de imagen sino también de base en este nuevo Mokka. El todocamino urbano alemán es mucho más atractivo y dinámico que antes manteniendo intacta su habitabilidad y sumando un componente tecnológico muy fuerte, sin olvidar que está disponible con una interesante opción 100% eléctrica con 136 CV y hasta 324 km de autonomía.

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Pero no todo son bondades claro está, el hecho de haber perdido la tracción total puede ser una merma para muchos usuarios aunque lo realmente determinante es el precio de partida. Y es que esta segunda generación parte de los 21.300 € con el acabado básico, precio que asciende hasta los 27.350 € de este GS Line y puede llegar hasta los 29.400 € en el caso del Ultimate.

En el caso concreto de nuestra unidad, el precio alcanza los 31.000 € incluyendo las opciones. Puede que Opel haya rebajado de categoría al Mokka, pero está claro que en lo que a precio se refiere sigue manteniendo su estatus.

¿Preparado para lo siguiente?

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