Cuando un Porsche 935 de 800 CV se convirtió en el escudo aerodinámico de un ciclista suicida
En la historia del automovilismo hay récords que se buscan por la gloria tecnológica y otros que parecen nacidos de una apuesta en un bar a altas horas de la madrugada. La historia que nos ocupa pertenece, sin duda, a la segunda categoría, aunque se ejecutó con la precisión alemana de Porsche. Corría el año 1978 y un joven ciclista francés llamado Jean-Claude Rude tenía una obsesión: convertirse en el ser humano más rápido sobre dos ruedas y pedales. Su objetivo era superar la barrera de los 240 km/h. Para lograr tal hazaña física, necesitaba anular al mayor enemigo de la velocidad: el viento. Y para apartar el aire a esa velocidad, no le servía una furgoneta cualquiera; necesitaba una máquina capaz de abrir un agujero en la atmósfera. Necesitaba al rey de los circuitos: el Porsche 935 Turbo.
El plan: engañar a la física con 800 caballos
La teoría era sencilla sobre el papel, pero terrorífica en la práctica. Se llama drafting o rebufo extremo. Si un vehículo lo suficientemente grande y rápido circula delante de la bicicleta, crea una zona de baja presión (un vacío) justo detrás. En esa burbuja, la resistencia aerodinámica es casi nula, permitiendo al ciclista alcanzar velocidades teóricamente imposibles para la fuerza humana. Rude contactó con Porsche y, sorprendentemente, la marca de Stuttgart aceptó el desafío. No enviaron un coche de calle, sino una bestia de competición: un Porsche 935/77 oficial con los colores de Martini Racing.
Este no era un coche cualquiera. Bajo su carrocería ensanchada latía un motor bóxer de seis cilindros y 2.85 litros biturbo que entregaba cerca de 800 CV. Era el coche que dominaba las carreras de resistencia, conocido por escupir llamas de medio metro por el escape y por tener un turbo lag que exigía manos de pianista y pies de plomo. Para conducirlo en esta misión suicida, Porsche llamó a una leyenda: Henri Pescarolo, el héroe de Le Mans. Su trabajo no era ganar una carrera, sino mantener una velocidad constante y precisa mientras miraba por el retrovisor a un hombre en mallas pegado a su parachoques trasero.
Una transformación digna de Frankenstein
Para que el rebufo fuera efectivo, el 935 tuvo que pasar por el taller y perder su elegante silueta de competición. Los ingenieros instalaron en la parte trasera una estructura trapezoidal gigantesca, una especie de "techo" adicional que bajaba hasta el suelo, creando una cueva aerodinámica para Jean-Claude Rude. El coche parecía una mezcla entre un prototipo de Le Mans y una furgoneta de reparto futurista. Además, se instaló un rodillo en el parachoques trasero. La bicicleta de Rude, que tenía un plato delantero del tamaño de una pizza familiar para poder mover las ruedas a 200 km/h, debía apoyar su rueda delantera en ese rodillo para que el Porsche la empujara hasta los 100 km/h. A partir de ahí, el ciclista se soltaba y empezaba a pedalear dentro del vacío.
El escenario elegido fue la pista de pruebas de Volkswagen en Ehra-Lessien, cerca de Wolfsburgo, famosa por su recta infinita donde años más tarde el Bugatti Veyron marcaría su récord. La tensión se palpaba en el ambiente. Rude se subió a su bicicleta Schauff modificada, con el plato de 130 dientes, y Pescarolo arrancó el motor turboalimentado. El estruendo del escape del 935 contrastaba con el silencio de la bicicleta.
El momento de la verdad y el desastre
El intento comenzó bien. El Porsche 935 aceleró, empujando a Rude hasta alcanzar la velocidad de lanzamiento. El ciclista se desacopló y comenzó a pedalear con furia dentro de la burbuja de aire, protegido por el enorme carenado trasero del Porsche. El velocímetro del coche subía: 140, 150, 160 km/h... Todo parecía ir según lo previsto, con el 935 abriendo camino como un rompehielos en el océano de aire.
Pero entonces, ocurrió lo impensable. A unos 170 km/h, uno de los neumáticos traseros del Porsche 935 no soportó la presión y estalló. La situación era crítica: Pescarolo tenía que controlar un coche de competición de 800 CV con una rueda reventada sin frenar bruscamente, porque si tocaba el freno, Rude, que iba pegado a milímetros del parachoques y sin frenos capaces de detenerle a esa velocidad, se estrellaría contra la trasera del coche. Con una frialdad pasmosa, Pescarolo logró mantener el coche recto y desacelerar muy suavemente, permitiendo que la resistencia del aire, que ahora golpeaba al ciclista al perderse el rebufo perfecto, frenara a Rude de forma natural.
Jean-Claude Rude salvó la vida gracias a las manos de Pescarolo, pero el récord no se batió aquel día. Aunque se planearon más intentos, la peligrosidad del evento y el susto enfriaron los ánimos de los patrocinadores. Rude fallecería trágicamente años más tarde en un accidente ajeno a este proyecto, investigando nuevos límites de velocidad. Sin embargo, las fotos de aquel día permanecen: un Porsche Martini Racing con una mochila gigante y un ciclista valiente persiguiendo lo imposible, una imagen que resume la maravillosa locura de los años 70.
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