De un camión de reparto a Sant'Agata: La extraña alianza con Lamborghini que creó el corazón del Dodge Viper
Si cierras los ojos e imaginas el coche americano por excelencia, probablemente visualices un Dodge Viper. Es exceso, es ruido, es una carrocería ancha y un capó interminable que esconde una central nuclear bajo la chapa. Personalmente tuve la suerte de probarlo en todas sus versiones y sus sensaciones eran algo que deja huella. Durante décadas, el Viper fue el sinónimo de la fuerza bruta estadounidense, el heredero espiritual del Shelby Cobra. Sin embargo, la historia de su nacimiento guarda un secreto fascinante: el corazón de esta bestia de Detroit tiene pasaporte italiano.
Para entender cómo Lamborghini, para mí el fabricante de superdeportivos más exótico del mundo, acabó metiendo mano en un muscle car americano, hay que viajar a finales de los años 80. Una época extraña donde las fusiones corporativas crearon compañeros de cama imposibles.
El sueño de Bob Lutz y un motor de furgoneta
Todo comenzó en 1988. Bob Lutz, el carismático presidente de Chrysler, tenía una obsesión: quería resucitar el espíritu del Cobra ¡y vaya si lo hizo! Quería un deportivo puro, sin ayudas electrónicas, sin techo, sin manillas en las puertas y, sobre todo, con un motor descomunal. El problema era que en el banco de órganos de Chrysler no había nada lo suficientemente salvaje. Los V8 de la época se quedaban cortos para lo que Lutz tenía en mente.
Pero en los sótanos de ingeniería de Dodge había un proyecto en marcha. Estaban desarrollando un nuevo motor V10 para la futura gama de pickups RAM. Era un bloque de hierro fundido, pesado, tosco y diseñado para arrancar tocones de árboles o remolcar maquinaria agrícola. Tenía el par motor necesario, pero era un ancla de barco; los deportivos deben ser potentes, sí, pero también ligeros; habría sido un suicidio dinámico. Algo así sería inconducible por el peso excesivo en el eje delantero.
La compra de Lamborghini: El giro de guión
Aquí es donde el destino jugó sus cartas. Un año antes, en 1987, Chrysler había comprado Lamborghini por unos 25 millones de dólares. Lee Iacocca quería dar prestigio al grupo americano y los italianos necesitaban liquidez. De repente, los ingenieros de Detroit tenían línea directa con los magos de Sant'Agata Bolognese.
La decisión de Lutz fue tan lógica como arriesgada: enviaron ese tosco motor de camión a Italia con una nota simple. Necesitaban que Lamborghini lo convirtiera en un motor de carreras, pero había una condición innegociable. No podían convertirlo en un complejo motor europeo de altas revoluciones; debía mantener su arquitectura simple de varillas y balancines. Tenía que seguir pareciendo americano, pero funcionar como un reloj suizo.
La dieta mediterránea del aluminio
Cuando el bloque de hierro de la Dodge RAM llegó a la fábrica de Lamborghini, los ingenieros italianos debieron mirar con horror aquella masa de metal industrial. Sin embargo, se pusieron manos a la obra para obrar el milagro. La intervención de Lamborghini no fue un simple ajuste; fue una reingeniería total.
El cambio más crítico fue el material. Lamborghini desechó el hierro fundido y refundió el bloque motor y las culatas en aleación de aluminio. Fue una decisión vital. Gracias a la fundición en aluminio, lograron ahorrar casi 70 kilos de peso sobre el tren delantero. Sin ese cambio, el Viper habría sido un coche torpe incapaz de tomar una curva. Pero no se detuvieron ahí.
Los italianos rediseñaron el sistema de refrigeración, reforzaron el cigüeñal para soportar las nuevas exigencias, modificaron los pistones y aumentaron la compresión. Lo que devolvieron a Detroit ya no era un motor de trabajo para una pickup. Era una bestia de 8.0 litros que escupía 400 caballos de potencia y, lo más importante, 630 Nm de par motor. Habían creado un monstruo que entregaba la potencia como una patada en el pecho desde el ralentí.
El nacimiento de una leyenda imperfecta
Cuando el Dodge Viper RT/10 debutó en 1992, el mundo se quedó mudo. No tenía frenos ABS, no tenía control de tracción, no tenía aire acondicionado y sus escapes laterales te quemaban las piernas al bajar. Pero tenía aquel V10. Un motor que sonaba diferente a cualquier V8 americano y a cualquier V12 italiano. Tenía un sonido industrial, grave, una especie de bramido de camión dopado que se convirtió en su firma.
Aquella colaboración fue efímera. Chrysler vendió Lamborghini poco después (ahora está en manos de Volkswagen), pero el legado de esa extraña unión perduró durante cinco generaciones del Viper. El coche evolucionó, ganó techo, ganó potencia y ganó refinamiento, pero siempre mantuvo ese enorme corazón V10 de aluminio bajo el capó.
El Dodge Viper es la prueba de que, a veces, los polos opuestos se atraen. Fue necesario el dinero de Detroit y la precisión de Bolonia para transformar un motor de camión en uno de los propulsores más carismáticos y temidos de la historia del automovilismo. Un coche americano con alma de tractor y sangre italiana.
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