La mentira piadosa que cambió la historia de Honda: por qué tu cerebro te engaña al elegir coche

¿Elegimos nuestro coche con la lógica o con el corazón? Un legendario experimento de Honda en los años 90 demostró que, aunque afirmamos buscar practicidad y colores neutros, nuestros deseos más profundos son mucho más coloridos de lo que nos atrevemos a admitir.

En la competitiva industria del automóvil de los años 90, Honda se topó con un hallazgo que no solo transformaría su estrategia comercial, sino que se convertiría en una de las lecciones de neuromarketing más citadas de la historia. La marca japonesa, en su afán por conquistar el mercado norteamericano, se planteó una pregunta aparentemente sencilla pero fundamental: ¿qué es lo que realmente quiere el cliente cuando decide comprar un coche? Para responder a esta incógnita, recurrieron a los tradicionales "focus groups", esas reuniones donde un grupo de potenciales compradores debate sobre sus gustos y preferencias. Sin embargo, lo que descubrieron en aquella sala no fue una respuesta sobre coches, sino una revelación sobre la naturaleza humana y la brecha abismal que existe entre lo que decimos y lo que hacemos.

Durante la sesión, los investigadores de Honda lanzaron una pregunta directa a los participantes acerca del color que elegirían para su próximo Honda Accord. La atmósfera de la sala se llenó de racionalidad y sensatez. Los asistentes, quizás influenciados por el deseo de proyectar una imagen de madurez y responsabilidad ante el resto del grupo, respondieron de manera casi unánime favoreciendo los tonos neutros. Argumentaron con lógica aplastante que preferían el blanco por su limpieza y facilidad de reventa, el plata por su elegancia discreta o el beige por ser un color sufrido y práctico. Para el equipo de marketing, el estudio parecía un éxito rotundo, arrojando datos limpios y coherentes que invitaban a llenar las fábricas de pintura con tonos grises y sobrios.

Pero la genialidad de Honda residió en no conformarse con la palabra hablada y llevar el experimento un paso más allá, introduciendo una variable real en la ecuación. Al finalizar la sesión teórica, los organizadores agradecieron la participación de los asistentes con una propuesta inesperada y generosa: les ofrecieron regalarles un Honda Accord nuevo, con la única condición de que debían elegirlo en ese mismo instante de entre las unidades disponibles en el estacionamiento. Fue en ese preciso momento, cuando la decisión dejó de ser hipotética y se convirtió en una realidad tangible, cuando ocurrió lo impensable.

El experimento de la "Preferencia Revelada": cuando la emoción toma el volante

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Al abrirse las puertas y enfrentarse a los coches reales, la lógica y la moderación que habían reinado en la sala de conferencias se desvanecieron por completo. Los participantes ignoraron olímpicamente los sedanes blancos, plateados y beige que minutos antes habían defendido con tanto ahínco. En su lugar, la inmensa mayoría se dirigió impulsivamente hacia los modelos pintados en rojo deportivo, azul eléctrico y verde esmeralda. Aquellos colores vibrantes, que habían sido descartados intelectualmente por ser "demasiado llamativos" o poco prácticos, eran los que realmente despertaban el deseo de posesión cuando el dinero y la imagen social dejaban de ser un filtro.

Este fenómeno, conocido en psicología económica y conductual como la diferencia entre la preferencia declarada y la preferencia revelada, enseñó a Honda una lección valiosa. La preferencia declarada nace del cerebro racional, esa parte de nuestra mente que busca la aprobación social, calcula el valor de reventa y trata de dar la respuesta "correcta". Por el contrario, la preferencia revelada surge del cerebro emocional e instintivo, el que realmente toma la decisión final basándose en cómo nos hace sentir el objeto. Honda comprendió aquel día que el ser humano utiliza la razón para justificar la compra a posteriori, pero es la emoción la que firma el cheque en el momento de la verdad.

Esta "mentira piadosa" de los clientes cambió para siempre la forma en que la marca diseñaba sus vehículos durante la década de los 90. Dejaron de confiar ciegamente en las encuestas frías y comenzaron a diseñar pensando en la experiencia sensorial y emocional del conductor. Esta nueva filosofía se aplicó con maestría en las generaciones del Accord de aquella época, coches que no solo eran fiables, sino que tenían un diseño más bajo, una suspensión independiente y una conducción más deportiva que la de sus rivales americanos. Al entender que el cliente, en el fondo, no quiere solo un medio de transporte práctico sino una máquina que le emocione, Honda logró una ventaja competitiva letal que disparó sus ventas y convirtió al Accord en el turismo más vendido de Estados Unidos durante años, demostrando que, aunque digamos querer gris, en el fondo soñamos en color.

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