El día que Bertha Benz robó el invento de su marido y cambió el mundo: El primer viaje en coche de la historia

En 1888, Bertha Benz tomó el prototipo de su marido sin permiso para demostrar que el automóvil no era brujería. Entre alfileres de sombrero para reparar el motor y ligas para aislar cables, esta pionera completó 106 km que salvaron a Mercedes-Benz y cambiaron el mundo para siempre.

En el verano de 1888, el mundo se movía a lomos de caballos, en trenes de vapor o a pie. El concepto de subirse a una máquina propulsada por explosiones controladas y viajar de una ciudad a otra era, para la inmensa mayoría de la población, pura brujería o una excentricidad peligrosa. Sin embargo, una madrugada de agosto en la ciudad alemana de Mannheim, una mujer decidió que había llegado el momento de demostrar que el futuro ya estaba aparcado en su garaje.

Sin pedir permiso, sin mapas de carreteras, porque no existían, y sin estaciones de servicio, Bertha Benz acometió una proeza de 106 kilómetros que no solo inventó el concepto de viaje por carretera, sino que salvó de la ruina el invento que acabaría dando origen al imperio Mercedes-Benz.

El genio paralizado y la visión comercial de Bertha

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La historia oficial suele encumbrar a Carl Benz como el padre del automóvil tras patentar su Motorwagen en 1886. Lo que los libros técnicos a veces omiten es que Carl era un ingeniero brillante pero un pésimo hombre de negocios. Estaba sumido en el perfeccionismo, aterrorizado por la idea de mostrar su triciclo motorizado al público por miedo a que se averiara y quedara en ridículo. El coche llevaba dos años acumulando polvo, realizando apenas breves trayectos de prueba alrededor de la fábrica que casi siempre terminaban con el vehículo empujado de vuelta a casa.

Bertha, que había invertido su propia dote matrimonial para financiar el proyecto de su marido, tenía una visión muy distinta. Sabía que un invento no vale nada si nadie lo compra, y para que la gente comprara aquel ruidoso carruaje sin caballos, tenían que ver de lo que era capaz.

Aprovechando que Carl dormía, Bertha dejó una nota en la mesa de la cocina diciendo que se iba a visitar a su madre a Pforzheim. Despertó a sus dos hijos adolescentes, Eugen y Richard, de 15 y 13 años respectivamente, y juntos empujaron el Benz Patent-Motorwagen Modelo III fuera de la propiedad para que el estruendo del motor monocilíndrico de 2.5 caballos no despertara al inventor. Una vez a una distancia prudencial, arrancaron el motor girando el gran volante de inercia horizontal y pusieron rumbo a lo desconocido.

La primera gasolinera de la historia era una farmacia

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El viaje fue una sucesión de problemas técnicos que Bertha resolvió con un ingenio propio del mejor mecánico de carreras. El primer gran obstáculo fue el combustible. El Motorwagen no tenía un depósito de gasolina tal y como lo conocemos, sino un carburador de superficie que contenía unos pocos litros de ligroína, un éter de petróleo que en aquella época solo se utilizaba como disolvente de limpieza.

A los pocos kilómetros, el coche se quedó seco. Bertha y sus hijos tuvieron que empujar la máquina hasta el pueblo de Wiesloch, donde encontraron la farmacia de la ciudad. Bertha entró y compró todas las existencias de ligroína que tenía el boticario, ante la mirada atónita del hombre, que pensaba que aquella mujer iba a limpiar todos los trajes de la región. Sin saberlo, la farmacia de Wiesloch se acababa de convertir en la primera estación de servicio de la historia del automóvil.

Un alfiler de sombrero, una liga y el nacimiento de las pastillas de freno

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Si el suministro de combustible fue un reto, la mecánica del primitivo motor de Benz supuso una aventura de supervivencia. El sistema de refrigeración del coche era por evaporación, lo que significaba que el agua hervía y se perdía en la atmósfera para enfriar el cilindro. En cada pueblo, río, fuente o charco que encontraban, los tres viajeros tenían que parar a rellenar el depósito de agua para evitar que el motor se fundiera.

A mitad de camino, la tubería del combustible se obstruyó, deteniendo el motor en seco. Bertha, lejos de rendirse, se quitó un largo alfiler del sombrero y lo utilizó para desatascar la fina válvula, permitiendo que la ligroína volviera a fluir. Unos kilómetros más adelante, el cable de encendido sufrió un cortocircuito al pelarse el aislante. La solución de esta pionera fue quitarse una de sus ligas y utilizarla para envolver y aislar el cable eléctrico, restableciendo la chispa.

Pero la aportación técnica más importante de aquel viaje ocurrió en las bajadas. El coche solo contaba con unos rudimentarios tacos de madera que rozaban contra las ruedas traseras para frenar. En los pronunciados descensos de la Selva Negra, la madera comenzó a humear y a desgastarse rápidamente, dejando al vehículo casi sin frenos. Bertha detuvo el coche en el pueblo de Bauschlott, buscó a un zapatero local y le pidió que clavara unas gruesas tiras de cuero sobre los tacos de madera. Aquel zapatero y aquella mujer acababan de inventar las primeras pastillas de freno de la historia.

Las cuestas arriba y el telegrama que cambió la historia

El Motorwagen Modelo III solo tenía dos marchas y carecía de una relación de transmisión lo suficientemente corta como para afrontar las subidas pronunciadas. Durante gran parte de los tramos montañosos, Bertha se quedó al timón mientras Eugen y Richard empujaban los más de 300 kilos de la máquina bajo el sol abrasador de agosto.

Finalmente, al caer la noche y cubiertos de grasa y polvo, llegaron a Pforzheim. Habían completado 106 kilómetros en unas doce horas. Lo primero que hizo Bertha fue ir a la oficina de telégrafos y enviar un mensaje a su angustiado marido: Viaje a Pforzheim completado con éxito.

El legado de una proeza

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El impacto de aquel viaje fue sísmico. Al día siguiente, la noticia corrió como la pólvora por toda Alemania. La gente había visto a una mujer conduciendo una máquina humeante a través de los campos, demostrando que el vehículo no era un juguete frágil, sino un medio de transporte real, robusto y capaz de superar las distancias que separaban las ciudades.

A nivel de ingeniería, el viaje fue el mejor test de desarrollo posible. Cuando Bertha regresó a Mannheim unos días después (conduciendo el coche de vuelta por una ruta distinta), le dio a Carl una lista de mejoras imprescindibles. Le exigió que añadiera una tercera marcha más corta para poder subir cuestas sin tener que empujar el vehículo, y le explicó su invento de los frenos forrados de cuero, que Carl adoptó inmediatamente para los modelos de producción.

El coraje de Bertha Benz sacó a su marido de la parálisis del perfeccionismo y catapultó las ventas del Motorwagen. Aquella mujer demostró al mundo que la era del caballo había terminado, sentando las bases comerciales y técnicas de la empresa que más tarde daría lugar a la todopoderosa Mercedes-Benz. Sin aquel robo furtivo al amanecer, es muy probable que el automóvil hubiera tardado décadas en convertirse en una realidad cotidiana.

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