Garaje con licencia para matar: la historia oculta de los coches más emblemáticos de James Bond

Más allá de los gadgets de Q, analizamos los motores y secretos de rodaje del Aston Martin DB5, el Lotus submarino y el Toyota que tuvieron que cortar porque Connery no cabía.

James Bond no sería 007 sin un traje confeccionado en Savile Row, un Martini mezclado (no agitado) y, sobre todo, un coche capaz de huir de un helicóptero mientras el conductor se ajusta el nudo de la corbata. A lo largo de más de 60 años de franquicia, los productores de la saga James Bond no solo han elegido coches bonitos; han creado iconos culturales. Pero debajo de los asientos eyectores y las ametralladoras ocultas, había máquinas reales con fichas técnicas fascinantes y anécdotas de rodaje que a menudo superan a la ficción. Abrimos las puertas de la División Q para analizar las joyas más preciadas del agente secreto más famoso del mundo.

El origen del mito: Aston Martin DB5 (Goldfinger, 1964)

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Si cierras los ojos y piensas en Bond, ves este coche. El Aston Martin DB5 no fue el primer coche de 007 (ese honor es del Sunbeam Alpine en Dr. No), pero sí el que definió la saga. En la novela original de Ian Fleming, Bond conducía un DB Mark III, pero los productores querían lo último de lo último. Aston Martin, reacia al principio, prestó el prototipo de desarrollo del DB5. Bajo su capó de aluminio Superleggera latía un motor de seis cilindros en línea de 4.0 litros que entregaba 282 CV y 390 Nm de par. Era capaz de alcanzar los 233 km/h, una cifra estratosférica para 1964.

La anécdota del rodaje es pura ingeniería de la vieja escuela: no había efectos digitales. Los gadgets, como el escudo antibalas trasero, las matrículas giratorias o los arietes en los parachoques, eran funcionales y pesaban tanto que el coche apenas se manejaba bien en las curvas. El famoso asiento eyector se accionaba con aire comprimido. Curiosamente, durante la promoción de la película, el coche original con los gadgets se calentaba tanto que los mecánicos de Aston Martin tenían que viajar con él para evitar que el motor se fundiera en los desfiles.

El descapotable que nunca existió: Toyota 2000GT (Solo se vive dos veces, 1967)

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Cuando la acción se trasladó a Japón, los productores necesitaban un coche local que estuviera a la altura del estilo europeo. La elección obvia fue el Toyota 2000GT, el primer superdeportivo japonés, diseñado en colaboración con Yamaha. Montaba un exquisito motor de seis cilindros en línea de 2.0 litros con doble árbol de levas en cabeza (DOHC) que rendía 150 CV. Puede parecer poco hoy, pero gracias a su peso pluma y aerodinámica, rozaba los 220 km/h.

El problema surgió cuando Sean Connery llegó al set. El actor escocés, con su 1,88 metros de altura, simplemente no cabía en el habitáculo del coupé. Su cabeza golpeaba contra el techo y no podía conducir. Toyota, ante el pánico de perder la oportunidad promocional del siglo, envió a dos ingenieros que, en un tiempo récord de dos semanas, cortaron el techo de dos unidades coupé y fabricaron dos roadsters exclusivamente para la película. Nunca se vendió un 2000GT descapotable al público; los únicos que existen son los que condujo Bond (o mejor dicho, la chica Bond, Aki).

Un muscle car en Las Vegas: Ford Mustang Mach 1 (Diamantes para la eternidad, 1971)

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En 1971, Bond se volvió americano. Para una persecución épica por el centro de Las Vegas, 007 se puso al volante de un Ford Mustang Mach 1 de color rojo brillante. Era una bestia de Detroit equipada con el motor V8 "Cobra Jet" de 7.0 litros que declaraba oficialmente unos 375 CV, aunque se sabía que entregaba bastantes más. Era un coche pesado, ruidoso y con un par motor capaz de arrancar el asfalto, todo lo contrario a la elegancia británica habitual.

Este coche protagonizó uno de los errores de continuidad más famosos del cine. En la escena, Bond debe meter el coche por un callejón estrecho, así que lo pone sobre dos ruedas laterales (las del lado derecho). El coche entra en el callejón inclinado hacia la derecha, pero cuando la cámara cambia al plano de salida, el coche sale inclinado sobre las ruedas izquierdas. El director se dio cuenta tarde y tuvo que insertar un plano extraño dentro del coche donde se ve a Bond y a Tiffany Case girando el volante para cambiar de lado en mitad del callejón, algo físicamente imposible.

"Wet Nellie": Lotus Esprit S1 (La espía que me amó, 1977)

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Si el DB5 es el coche clásico, el Lotus Esprit S1 es la fantasía tecnológica. Roger Moore condujo esta cuña blanca diseñada por Giugiaro que se transformaba en submarino. En tierra, el Esprit era un deportivo ligero con un motor central de 4 cilindros y 2.0 litros que entregaba 160 CV. No era muy potente, pero su chasis era magnífico.

Para las escenas submarinas no hubo trucos de ordenador. El equipo de producción construyó un submarino real con la forma del Lotus (apodado "Wet Nellie") que no tenía ruedas y estaba inundado por dentro (lo conducían buzos con botellas de oxígeno). El coche no tenía motor, se movía con hélices eléctricas. Décadas después, ese prototipo submarino fue encontrado en un contenedor de almacenamiento en Nueva York, subastado y comprado por nada menos que Elon Musk, quien admitió que se inspiró en él para el diseño del Tesla Cybertruck.

El regreso a la fuerza bruta: Aston Martin V8 Vantage (Alta tensión, 1987)

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Timothy Dalton devolvió a Bond a Aston Martin con el V8 Vantage Volante. Era un "muscle car" con traje británico. Bajo el capó escondía un enorme V8 de 5.3 litros que producía alrededor de 380 CV, permitiéndole alcanzar los 270 km/h. Era un coche pesado y brutal, lejos de la delicadeza del DB5.

En la película, el coche se modificó con esquís laterales retráctiles, clavos en los neumáticos y un sistema de postcombustión (cohete) trasero. La anécdota técnica es que el coche que se ve descapotado al principio y el coupé del final son supuestamente el mismo vehículo al que Q le pone un techo rígido, pero en realidad usaron modelos diferentes porque el equipo de efectos especiales necesitaba el espacio del maletero del coupé para instalar los cohetes y los esquís.

El récord mundial de vuelco: Aston Martin DBS V12 (Casino Royale, 2006)

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La era de Daniel Craig trajo un Bond más físico y realista, y su coche debía reflejarlo. El Aston Martin DBS era una versión embrutecida del DB9. Montaba un motor V12 atmosférico de 5.9 litros que entregaba 517 CV y 570 Nm de par. Hacía el 0-100 km/h en 4,3 segundos y sonaba como una tormenta eléctrica.

Su momento de gloria fue, paradójicamente, su destrucción. En la escena donde Bond vuelca el coche para no atropellar a Vesper Lynd, el equipo de especialistas se encontró con un problema: el DBS tenía tanto agarre y un centro de gravedad tan bajo que, por más que intentaban volcarlo usando rampas, el coche se negaba a girar y simplemente aterrizaba y seguía recto. Tuvieron que instalar un cañón de aire comprimido en los bajos del coche para disparar un pistón hacia el suelo en el momento clave. El resultado fue tan violento que el coche dio siete vueltas de campana completas, estableciendo un Récord Guinness oficial para el mayor número de vueltas de campana de un coche asistido por cañón en una película.

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