El coche que bebía tequila: la historia del Chrysler Turbine Car
Así nació el Chrysler Turbine Car, probablemente el programa de ingeniería más valiente y costoso jamás emprendido por un fabricante de automóviles estadounidense. No se trataba de un concept car de fibra de vidrio para lucir en un salón; era un coche real, funcional y diseñado para ser producido en masa. El objetivo era eliminar para siempre las vibraciones, los cambios de aceite y la dependencia de la gasolina de alto octanaje.
Una maravilla de la ingeniería italiana y americana
El corazón del Turbine Car era la cuarta generación del motor de turbina de Chrysler. A diferencia de un motor V8 convencional con cientos de piezas móviles rozando entre sí, la turbina tenía un 80% menos de componentes. El motor giraba a unas vertiginosas 44.500 revoluciones por minuto, produciendo 130 caballos de potencia y, lo más impresionante, un par motor instantáneo de 576 Nm disponible desde cero, como un coche eléctrico moderno.
Para vestir esta mecánica del futuro, Chrysler recurrió al carrocero italiano Ghia. Se fabricaron 55 unidades de un coupé de cuatro plazas color Bronce Turbina, con un techo de vinilo negro y una trasera que simulaba la tobera de un caza a reacción. El interior era puro lujo espacial, con una consola central tubular que recorría todo el habitáculo. El sonido al arrancar no era un rugido, sino un silbido agudo, similar al de un aspirador industrial o un Boeing 707 rodando por la pista.
La prueba del tequila y el perfume Chanel
La gran ventaja de la turbina era su indiferencia hacia el combustible. Al no depender de la compresión y la chispa precisa como un motor de gasolina, la turbina podía quemar cualquier líquido inflamable que se mezclara con aire y se prendiera. El manual de usuario recomendaba diésel, queroseno o combustible de aviación JP-4, pero la realidad superó a la ficción.
Durante la gira promocional del coche en México, el presidente Adolfo López Mateos preguntó a los ingenieros si esa maravilla funcionaría con el licor nacional. Sin dudarlo, vaciaron varias botellas de tequila en el depósito. El coche arrancó suavemente y completó el recorrido sin problemas. En Francia se hizo la prueba con perfume Chanel Nº5, y en Estados Unidos con aceite de cacahuete y aceite para calefacción. Lo único que la turbina no toleraba era la gasolina con plomo (común en la época), ya que los aditivos dejaban residuos en los álabes del motor.
¿Por qué fracasó el coche del futuro?
Chrysler cedió los coches a 203 familias americanas normales durante tres meses cada una, acumulando más de un millón de kilómetros de pruebas reales. El veredicto de los usuarios fue entusiasta: amaban la suavidad y la ausencia de mantenimiento. Sin embargo, el coche tenía defectos fatales. El consumo de combustible era altísimo, equivalente a un V8 de gran cilindrada pero con menos potencia. Además, existía el problema del lag: al pisar el acelerador, la turbina tardaba casi dos segundos en coger vueltas y entregar potencia, algo peligroso en intersecciones.
Pero el clavo en el ataúd fue la temperatura. Los gases de escape salían a más de 500 grados centígrados en los primeros prototipos, derritiendo el asfalto y quemando la vegetación (e incluso las piernas de algún peatón) si el coche estaba al ralentí. Aunque Chrysler solucionó esto con intercambiadores de calor regenerativos, el coste de producción de las aleaciones exóticas necesarias para el motor era prohibitivo.
En 1966, Chrysler canceló el programa. Para evitar pagar los aranceles de importación de las 55 carrocerías italianas, la marca tomó una decisión: llevó 46 de los coches a un desguace y los aplastó y quemó ante las cámaras. Solo sobrevivieron nueve unidades, la mayoría en museos y una en el garaje del presentador Jay Leno, recordándonos que el futuro, a veces, llega demasiado pronto.
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